Hístoria

LA VÍA SE LA LLEVÓ LA VIDA 

                                                           Fotografía de Ortiz de Guinea

    Mucho después supe que aquello era un barrio de los de aluvión, donde las familias eran todas llegadas del pueblo, jóvenes y con varios hijos, y que por eso los chavales lo llenábamos todo. Que el padre repartiera la jornada entre la fábrica y el bar y que la madre fuera de esas de la última generación de amas de casa no acomplejada de serlo probablemente ayudaba a que fuéramos tan libres y salvajes. Pero todo eso lo sabes mucho más tarde. Hasta entonces, lo vives y punto.
   Las diez calles que tenía el barrio eran las últimas de la ciudad, de la que se encontraba un tanto aislado. Todas daban al mismo prado, donde se iniciaba la zona rural en la que se combinaban granjas con pastizales y casas de gente rica que con la construcción de las industrias en la zona se fueron marchando y dejando tras de sí vallas rotas y barandas furruñosas. Pero existía una separación física entre aquel mundo rural y el nuestro: un enorme terraplén de más de cinco metros sobre el que se montó una vía que unía el puerto con la gran empresa siderúrgica cercana a la que vino a trabajar la mayoría de la gente.
   Este fue mi mundo muchos años. Luego descubrí que había más que eso. Que hay madres que no tiran el bocadillo por la ventana; que hasta los hay que van a misa; que un chucho es un perro abandonado que merece compasión; que lo que tenía la loca era depresión; que el del portal 18 no era un héroe por tirar los billetes robados en el parque sino un idiota que malgastó su juventud en la cárcel.
   Nada queda ya de entonces, ni siquiera las palabras para describirlo. Fue algo único, fugaz, una infancia demasiado salvaje y lejana de la realidad como para que hayamos salido indemnes de ella: somos padres de familia grises con amas de casa que no quieren serlo, niño único, mimado y miedoso; o bien eternos solteros gordos y tristes; el que se lo tomó más a pecho acabó en algún centro de rehabilitación recogiendo muebles y plantando lechugas. Otros ni siquiera tuvieron un futuro que corregir. A veces creo que puedo reunirlos otra vez a todos con solo decir un par de conjuros: “¿Te acuerdas de las chapas con la cara de Marino Lejarreta? ¿Te acuerdas de “Azurriasgamela”, -que era esconder un cinturón y el que lo encontraba perseguía a los otros para darles con la hebilla-? ¿Te acuerdas de cuando casi hicimos descarrilar el tren?…”
   Yo aprendí a contar con vagones. Cuando oíamos la sirena o el estruendo del tren, que llevaba hierro y carbón a la siderúrgica y regresaba al puerto con las planchas de metal, vigas y raíles, el juego en la calle se interrumpía, y los que ya sabían contaban en voz alta los vagones que pasaban: “22, 23, ….. ¿A quien le toca?”
   Pero estaba escrito que aquel tren iba a ser para nosotros algo más que un maestro de matemáticas. No sé a quien se le ocurrió la feliz idea de romper la valla que impedían el acceso a las vías, pero después de unos meses, en todo lo largo de las calles que daban al prado no quedaba un metro en pie. Fue una conquista limpia; era todo nuestro por derecho propio. La colonización fue lenta: primero fuimos abriendo caminos en la vegetación para subir a la vía; luego escribimos nuestros nombres en las torretas de las catenarias. Más tarde rompimos la valla del otro lado, y así accedimos a las fincas de los indianos que allí vivían entre palmeras, en casas grandes y viejas, tan distintas de nuestros pisos y los patios que olían según la región de quien cocinara. Si yo fuera el viejo indiano también hubiera disparado con cartuchos de sal a aquellos salvajes que se le colaban para robarle los limones y las peras, y entraban a jugar en la pista de tenis y en la piscina; escoria de toda la porquería con que le habían amargado la vida de retirado: fábricas, vías, edificios y ruidos. “¿Y para esto volví yo de Cuba?”, debía decirse. Pero que bien que yo estaba en el otro lado, y cuando faltaban emociones sobre la vía ya sabíamos a donde ir para que nos subiera la adrenalina.
   Nunca desde entonces pude vivir la sensación de riesgo y de poder absoluto que experimentábamos cuando nos poníamos a ver pasar el tren a escasos dos metros de los vagones. Primero lo veías de lejos como daba la curva, escena casi siempre silenciada por el viento del mar que nos daba de espaldas, luego se acercaba más despacio de lo que pensabas; cuando lo tenías encima todo se llenaba de ruidos metálicos, de motores, de sirenas, la maldición de maquinista, y por encima de todos tu propio grito, y luego ya, pasada la cabeza del tren, el viento, el temblor en todo el cuerpo, el flequillo por los aires. Cuando te fijabas en los incomprensibles números y códigos escritos en blanco sobre los vagones, y luego veías que también los llevaban los vagones en las películas de indios o en las de guerra el respeto por el tren y por tu hazaña crecía aún más.
   Pronto se nos ocurrió poner cosas sobre el raíl: monedas de una peseta; puntas con las que hacíamos simulacros de navajas. Todo quedaba liso y suave como la vía misma. Las niñas a su vez ponían sobre el raíl ladrillos y restos de escayola, y así hacían pimienta y sal para las cocinitas que montaban sobre las cajas de fruta, hasta que Vicentín llegaba y la destrozaba a manotazos y sin explicaciones.
   Un día nuestras madres nos prohibieron ir a jugar a la vía; había muerto un chaval, uno al que llamábamos “el alemán”. Había nacido fuera, no tenía padres -o eso decíamos- y le cuidaba su abuela, hacía yudo y no hablaba mucho. A nadie le extrañó que se lo llevara el tren; nos parecía que con un historial así estaba predestinado. Duró poco el miedo, y volvimos con más ganas que nunca a la vía.
   De la admiración y el respeto fuimos pasando al desafío. El mayor vino cuando se propagó la nueva de que aquella luz roja que iba en la parte de atrás del último vagón y que parpadeaba cada pocos segundos, era en realidad una cámara de fotos especial, que servía para retratar a los chavales que jugaban en la vía. A alguien no le gustaba que estuviéramos allí. Se corrió la voz, y los indicios de que todo aquello no era un cuento fueron creciendo a ritmo frenético. Lo que terminó de indignarnos fue la prueba irrefutable que uno presentó: alguien le había dicho que en las oficinas del puerto, destino final del tren, había unos enormes paneles en los que iban poniendo con chinchetas las fotos de todos nosotros, como pruebas para luego perseguirnos. Eso era sencillamente una canallada, y ninguno de nosotros dudó un segundo en que había que actuar. Un observador ajeno a todo aquello no creo que entendiera qué hacía una marabunta de chavales con la cara tapada con la chaqueta o el brazo izquierdo, y gritando barbaridades a una luz roja parpadeante a la que arrojaban piedras con toda su ira. Pero hay que comprender que este era un asunto muy serio que duró algunas semanas, porque nadie tenía la puntería ni la fuerza para romper aquel objetivo móvil.
   La solución vino de mano de Berto, un poco mayor que el resto, y por ello más arrojado. Berto se dedicaba a matar todo tipo de bichos, marinos, terrestres o aéreos y a repartir por los bares con la BH la hoja deportiva los domingos por la tarde. Él se jugaba mucho con el asunto de las fotos, porque en el puerto era donde pescaba, y no quería por nada del mundo que le vinieran los guardia civiles un día con una foto suya y le prohibieran pescar. De modo que no nos sorprendió cuando un día le vimos venir a la vía con la escopeta. Esperamos a que llegara el tren, que nunca tenía horario fijo, y todos permanecimos atentos a Berto. Él no decía nada. Cuando se fue acercando el último vagón, se puso en posición, en la vía paralela, la inutilizada y siempre furruñosa y con matos. No hizo falta un segundo intento. Al primer tiro, cara tapada, piernas en uve, seguridad total, destrozó la siniestra cámara de fotos con ultravioleta. Un acto de justicia que nunca le agradecimos lo suficiente. Pero la cosa no duró mucho. En vista de que los trenes seguían viniendo con cámara, que nosotros no íbamos de ninguna manera a abandonar la vía, y que Berto tenía ya ganada la medalla, lo que hicimos desde entonces fue echar cortes de manga al último vagón, o escupirlo, pero ya con un interés decreciente. “Venga, que me cojan, ¿qué me van a hacer?”
      Debió ser el mismo verano que se estrenó La Guerra de las Galaxias. Fuimos todos los chavales de la calle a verla, y mi primo se quedó llorando fuera del cine porque perdió el zapato en medio de la avalancha de los que íbamos al gallinero. Que había llorado lo dijo la Cuca, que tenía debilidad por él y se quedó a consolarlo. La Cuca era aprensiva; teníamos precedentes. Según me cuenta mi hermana, cuando volqué la cocina y quedé encerrado en el horno y el pulpo que se cocía en la cacerola nadando por el suelo, del estruendo a la Cuca le entró pánico y salió escaleras abajo abandonando la partida de cromos de palma que jugaba con mi hermana. Bueno, pues la Cuca dijo que mi primo lloró, pero a mí me resultaba difícil de creer, porque yo nunca lo había visto llorar, y mira que sus hermanos le pegaban bien; o quizás por eso. En fin, que debió ser aquel verano, cuando supe por primera vez lo que era el sexo. Desde la calle vimos que los chavales mayores estaban en la vía y que las chavalas gritaban de una manera rara. Ellos estaban intentando que un chucho montara a una perra de por allí. No era Chiqui, el perro de los del super. Chiqui se consideraba un perro con postín, por eso se metía en los bares y se iba con la gente sin pedir nunca nada, y los que no le conocían les extrañaba aquel perro que no ladraba y que miraba a los ojos sin complejos. No, no era Chiqui el que chingaba esa tarde en la vía. Era uno de estos perros sin personalidad ni dignidad, de color suciedad, que siempre están de paso y se dan a la mala vida, y la perra a saber de donde habría salido. Bueno, pues el perro estaba todo emocionado, con la cosa toda roja, intentando parar a la perra que no sabía que hacer, y avanzaba torpemente, impedida por el peso del otro, entre las traviesas y los raíles. Las chavalas soltaban grititos, y yo veía todo aquello un poco extrañado. Luci, la Cuca, Rosi, el Rubio, Modesto, Vicentín, Claudín, parece que aquello lo entendían mejor, y no casualmente se convirtieron en la primera generación en abandonar la vida de la vía, convirtiéndose así en sus primeros veteranos.
   Huelga decir que los de la calle de al lado eran chusma. Y sin excepción. Pero eran más fuertes que nosotros, los más temidos y respetados del barrio. Cuando la hoguera de San Juan, que hacíamos los de cada calle en el prado entre los edificios y la vía, los de la otra calle siempre tenían la más grande, con el muñeco más lustroso y hasta con algún cartel colgándole del cuello. Y es más, hasta se atrevían a provocarnos queriendo darle fuego a la nuestra antes de las doce, algo que a nosotros nunca se nos hubiera ocurrido hacer en la de ellos porque te podías ganar una buena paliza de alguno, que nos parecían todos primos de lo igual de brutos y sucios que eran. Pero nuestra fogata, siendo siempre la segunda, tenía más mérito, porque en nuestra calle no había gitanos que nos pudieran prestar el carro, y toda la madera que robábamos en el monte era arrastrada a mano. A veces eucaliptos enteros.
   La mejor época para disfrutar de la calle era mayo y junio, cuando había una brisa levísima y nos tumbábamos en el prado al lado de la vía. Uno de esos años la profesora de ciencias nos mandó hacer un herbolario, y mientras mi primo -otro- y yo cogíamos flores en el monte, vimos cómo salía humo de la cordelera, que estaba entre nuestro colegio y la vía. Se corrió la voz de que había sido uno de nuestra propia clase el que la había quemado, pero nunca se supo quien fue en realidad. Para éste y para otros, los que nos dedicábamos a recoger flores y nos pasábamos las tardes en la vía éramos maricas. La verdad es que muy valientes no éramos, mucho menos para quemar la cordelera.   Esos meses calurosos eran la época adecuada para la caza de la lagartija, que a veces podías ver con las patas colgando del rail y todo el lomo pegado al hierro caliente de la vía. Si te acercabas con mucho cuidado podías verla con los ojillos cerrados, y entendías perfectamente su placer. Primero sólo las cogíamos, y como mucho les arrancábamos la cola, porque sabíamos que les volvía a crecer. Luego la caza ya era por mero sadismo. Quizás por influencia de Félix Rodríguez de la Fuente, nuestro guía en el mundo animal, a alguien se le ocurrió llevarlas a clase para conocerlas mejor. Cogimos una urna electoral que había por allí y en la misma clase plantamos un vivero de cuatro o cinco lagartijas (las salamandras se murieron pronto, luego supimos que por falta de agua). El problema era que las lagartijas no comían las moscas que les cazábamos, creíamos que por tristeza comprensible de estar en una urna, hasta que a mi primo -otro- se le ocurrió echarlas vivas pero sin alas. Un éxito; las perseguían por toda la urna, hasta que les daban caza y devoraban. Ellas sí que eran crueles.
   A la chavala que intenté seducir con trece años debió chocarle que la llevara a la vía, dirección al túnel. Se ve que se asustó un poco hasta que le dije que por aquellos raíles no pasaba el tren nunca. Más raro le debió parecer cuando le conté nuestras hazañas poniendo piedras, grasa y salamandras sobre el raíl. No me dio más que un beso para cumplir y se largó.
   Con el tiempo, no sabría decir cuándo, nuestro interés por la vía se fue perdiendo. Ya no pasábamos tanto tiempo allí; algunos hasta empezaron a usar los túneles debajo de la vía por primera vez; en una zona pusieron vallas y ya nadie las rompió; algo ya no funcionaba, ni siquiera los pasos te coincidían ya con las traviesas. En fin, pasó el ciclo, la calle se fue vaciando de niños; unos se fueron, otros tenían que ir a entrenar a fútbol, otros iniciamos el instituto y allí había que estudiar… Los caminos a la vía se fueron cubriendo de matorral, edificaron en el prado, se dejó de hacer hoguera para San Juan…. En fin, a la vía se la llevó la vida.
   Hace unos meses comencé a frecuentar, después de tantos años, a mi primo Julio, al que llevo unas semanas de vida. Somos opuestos, pero con tanto humus común de la infancia que nuestras vidas no pueden, aunque queramos, crecer muy diferentes. Ya fueron escritas hace años. Dudo que haya en mi ciudad nadie con más puntos de sutura en el cuerpo que él. Una vez iba con el padre al economato, y yo le grité desde la otra acera: “¡Hola, Julio!” Él no dijo nada, y al girarse vi que llevaba un esparadrapo que le tapaba media cara; fue el padre quien me contestó: “no le hagas hablar, que lleva la boca cosida”. Resulta que corriendo por el prado no vio (“Julio es que no ve el peligro”, era la coletilla de su madre cada vez que iba a verlo tumbado en la cama) el alambre de espinos y lo fue chupando varios metros hasta que quedó parado. Este verano fuimos con otro amigo a Portugal en bicicleta, donde comprobamos entre alegría y escándalo que éramos mas niños que las chicas de veinte allí, apenas ninguna soltera. Julio vive ahora sólo en la casa de los padres y la está decorando a su manera. Una de las fotos que cuelga de las paredes me llamó la atención. En ella aparecemos él, uno de los gemelos y yo. Estamos sobre la vía del tren, Julio agachado cogiendo piedras y los otros dos andando por los raíles. Yo hacía años que no veía una de estas fotos. Son una serie de gran formato en blanco y negro que nos hizo un ex novio de mi prima Floren, el hijo de una niña de la guerra que volvió de Rusia dando vivas a Stalin. El chaval, antes de meterse en un negocio de vender a no sé cuantos para que estos vendan a no sé cuantos más y así me gano la vida sin dar golpe, era como su madre, tenía amigos, oía música andina y estaba comprometido con el barrio. Una vez quiso aprovechar sus dotes de fotógrafo para denunciar los peligros que la juventud de mi barrio afrontaba: drogas, palizas, una vía del tren al lado de casa… Después de explicarnos el tema y decirnos que iba a hacer una exposición con las fotos, nos pidió que subiéramos a la vía y jugásemos como siempre. Así lo hicimos. Él quería sacar el lado peligroso de todo aquello, pero nosotros no sabíamos cómo hacer para que resultase inquietante para el que lo viera. Es como si le dicen a Heidi que denuncie al abuelo por malos tratos. De modo que en esas fotos aparecemos como maniquís, agarrotados, tirando piedras, subidos en la torreta, abrazados y andando por la vía, ya como adultos, … serios sin saber por qué.

                                                                                                 Anónimo, enero de 2001

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